Halpern (UC): reglas digitales y ciudadanía en el aula deben basarse en diálogo y confianza, no en control rígido.

Daniel Halpern Académico UC y director de EducomLab
En el marco del Summit País Digital 2025, Claro Chile nos permitió conversar con Daniel Halpern, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y director de EducomLab, sobre los principales desafíos que plantea la relación entre tecnología, familia y educación en un contexto marcado por el uso cada vez más temprano de dispositivos digitales y la urgencia de establecer reglas digitales claras en el hogar.
La entrevista con Daniel Halpern, académico UC y director de EducomLab, aludió a lo siguiente:
El contacto a temprana edad en niños y adolescentes con pantallas digitales plantea un desafío creciente. La ausencia de normas claras en el hogar no solo condiciona la manera en que los menores se relacionan con la tecnología, sino también impacta en su desarrollo socioemocional y en la calidad de las interacciones humanas.
El consumo digital en menores ha escalado rápidamente en los últimos años. Algunos datos recientes ilustran la magnitud del problema:
Daniel Halpern, académico UC y director de EducomLab, explica cuáles son los riesgos más notorios que se observan tras quince años de investigación en este campo.
«Como Director de un centro de estudios y de haber investigado por 15 años el rol de la tecnología en el desarrollo de jóvenes, los riesgos más notorios tienen que ver con la dificultad de los niños para desarrollar habilidades socioemocionales básicas: la capacidad de esperar, la tolerancia a la frustración y la regulación emocional».
En otras palabras, el problema no es solo el tiempo frente a la pantalla, sino cómo esta reemplaza oportunidades de aprendizaje natural en habilidades clave para la vida.
«Cuando no existen normas claras, la tecnología tiende a convertirse en un refugio inmediato frente al aburrimiento o la incomodidad, lo que inhibe el aprendizaje de estas competencias».
Este uso automático de dispositivos convierte a las pantallas en una válvula de escape que desplaza experiencias necesarias para desarrollar paciencia, resiliencia y tolerancia a la frustración.
«A nivel social, se observa además un empobrecimiento de la interacción cara a cara, fundamental para la construcción de la empatía, y una exposición temprana a contenidos que no corresponden a su etapa de desarrollo».
El académico enfatiza que esta exposición sin regulación no solo afecta el ámbito emocional, sino que abre la puerta a contenidos y dinámicas sociales que no siempre son apropiados para su edad.
El programa “Las pantallas en mi hogar: Límites sin Romper el Vínculo” ha reunido a miles de familias en diferentes comunas del país. La propuesta busca abrir espacios de diálogo entre padres e hijos sobre el uso de smartphones, tablets y redes sociales, fortaleciendo los vínculos y evitando extremos de permisividad o control rígido.
La discusión sobre el tiempo frente a pantallas ya no es solo pedagógica: es un tema de salud pública y de regulación tecnológica. Diversos estudios y organismos internacionales entregan datos que refuerzan la urgencia de establecer acuerdos familiares claros.
En este escenario, el programa “Las pantallas en mi hogar: Límites sin Romper el Vínculo” se presenta como una herramienta práctica para acompañar a las familias en el desafío de fijar límites tecnológicos sin caer en la imposición.
«El programa busca empoderar a las familias con herramientas concretas para establecer acuerdos parentales saludables sobre el uso de pantallas, sin caer en extremos de permisividad o control rígido».
Con este planteamiento inicial, Halpern marca la línea pedagógica del programa, que no busca imponer restricciones rígidas ni dejar a los niños sin orientación, sino generar un equilibrio sostenido.
«Lo que diferencia esta iniciativa de otras es su carácter comunitario y práctico: no solo entrega información, sino que genera espacios de diálogo entre padres e hijos».
El énfasis en la práctica y la interacción es lo que convierte a estos talleres en un espacio vivo, donde la teoría se traduce en conversaciones y acuerdos que se construyen en familia.
«Más de 800 familias ya han podido experimentar en tiempo real cómo construir normas en conjunto, fortaleciendo tanto los vínculos afectivos como las habilidades parentales, y nuestra idea es seguir creciendo».
La evidencia internacional muestra que las rutinas de diálogo familiar son un factor protector clave frente a múltiples riesgos asociados al desarrollo infantil y adolescente. Estudios recientes entregan datos concretos:
Entre las herramientas centrales del programa destaca el “Pacto de Confianza”, un documento que va más allá de lo simbólico, ya que propone a las familias dialogar y consensuar reglas sobre el uso de la tecnología en el hogar.
En este contexto, el programa incorpora el “Pacto de Confianza” como una herramienta práctica que permite a padres e hijos consensuar normas para el uso de smartphones, redes sociales y pantallas en el hogar.
«El ‘Pacto de Confianza’ es mucho más que un documento: es un espacio pedagógico de construcción familiar. Al elaborarlo, padres e hijos dialogan, negocian y acuerdan normas que consideran legítimas. Esa experiencia, en sí misma, fortalece la idea de que las reglas no son arbitrarias, sino una construcción colectiva para cuidarnos mutuamente».
Esta visión inicial destaca el rol del pacto como un ejercicio de diálogo más que como un simple registro de normas. Pero el alcance va más allá, pues Halpern lo respalda con evidencia internacional que valida la importancia de los espacios familiares de conversación.
«Los estudios internacionales muestran que este tipo de instancias conversacionales son factores protectores frente a múltiples riesgos».
Con esta afirmación, Halpern introduce el respaldo científico que valida el impacto positivo de los espacios familiares de diálogo en la vida de niños y adolescentes.
«Investigaciones de la Harvard Graduate School of Education y programas asociados como The Family Dinner Project evidencian que los niños que participan regularmente en cenas familiares presentan menores índices de depresión, abuso de sustancias y conductas adictivas, además de un mejor rendimiento académico y mayor desarrollo del vocabulario».
Aquí se enfatiza que no se trata de una percepción aislada, sino de evidencia robusta que relaciona las rutinas conversacionales con beneficios concretos en la salud mental y el desempeño académico.
«Lo que explica estos resultados no es la comida en sí, sino el espacio de conversación sostenida y el sentido de pertenencia que se genera».
De esta forma, el pacto no se limita a establecer reglas, sino que busca recrear en el entorno digital el mismo sentido de pertenencia que generan prácticas tradicionales como compartir una comida en familia.
«En ese mismo espíritu, el ‘Pacto de Confianza’ busca recrear en torno al mundo digital un lugar donde la familia se sienta parte de un proyecto común y no de un campo de batalla por las pantallas».
La investigación internacional confirma que las reglas digitales, cuando se construyen desde la conversación y los acuerdos familiares, generan mejores resultados que los entornos de control rígido. Algunos hallazgos recientes lo ilustran:
En línea con esta evidencia, Halpern sostiene que la imposición pura no es eficaz a largo plazo y que los entornos de diálogo son más sostenibles para la gestión digital en casa.
«El enfoque conversacional ofrece ventajas claras frente a métodos exclusivamente restrictivos. En vez de imponer reglas que generan resistencia y ocultamiento, el diálogo permite que los niños internalicen el sentido de las normas y aprendan a autorregularse».
El académico agrega que estas ideas no surgen solo desde la teoría, sino que están sustentadas en múltiples investigaciones que dan cuenta de su efectividad a largo plazo.
«La evidencia respalda esta aproximación. Un amplio cuerpo de investigación —incluyendo estudios longitudinales de la Harvard Medical School y el Center on the Developing Child— muestra que los niños que participan en instancias familiares de conversación estructurada (cenas, rutinas de diálogo, pactos) desarrollan mayor resiliencia emocional y habilidades de autorregulación, elementos clave en la prevención de adicciones, tanto digitales como de sustancias».
En definitiva, este tipo de dinámicas familiares permiten no solo reducir la resistencia a las normas, sino también anticiparse a conductas de riesgo y generar espacios de contención más sólidos.
«En otras palabras, los espacios de conversación en familia no solo reducen la resistencia, sino que previenen la búsqueda compulsiva de escape en pantallas u otras conductas de riesgo, al proveer contención, sentido y vínculos afectivos sólidos».
La evidencia muestra que el diálogo en torno al uso de dispositivos digitales y la definición de reglas digitales genera un efecto expansivo en la vida familiar. Lo que comienza como un acuerdo sobre pantallas puede convertirse en un modelo de convivencia aplicable a múltiples ámbitos:
Con esta data internacional, Halpern resalta que los beneficios del hábito de diálogo no se limitan a los dispositivos, sino que alcanzan a la dinámica integral de la familia.
«Lo interesante es que este hábito de diálogo no se limita a las pantallas. Una vez instalado, se convierte en un método de convivencia familiar aplicable a múltiples ámbitos: horarios de estudio, responsabilidades domésticas, uso de tiempo libre».
Este planteamiento se sustenta también en evidencia académica que ha observado de manera consistente los beneficios de mantener rutinas familiares de conversación.
«Las investigaciones sobre rutinas familiares realizadas en Harvard y replicadas en distintas universidades coinciden en que los niños que crecen en hogares con espacios regulares de diálogo y acuerdos compartidos muestran mejores habilidades para resolver conflictos, menor propensión a la violencia y más confianza para hablar de temas difíciles».
Este hallazgo muestra que los beneficios de la conversación familiar no se limitan al ámbito digital, sino que refuerzan capacidades sociales esenciales que impactan directamente en la convivencia cotidiana.
«Estos efectos se trasladan a la vida cotidiana: desde cómo negociar permisos hasta cómo enfrentar crisis emocionales».
De esta manera, lo aprendido en torno a las pantallas se convierte en un modelo aplicable a diferentes dimensiones de la vida familiar, consolidando el diálogo como herramienta transversal.
Lo que comienza como un acuerdo sobre pantallas, concluye Halpern, termina convirtiéndose en un modelo de comunicación que impacta toda la vida familiar y fortalece la salud emocional de sus integrantes.
«En ese sentido, trabajar acuerdos sobre el uso de pantallas es solo el comienzo: se trata de instaurar un modelo de comunicación colaborativa que impacta de manera transversal en la salud emocional y social de toda la familia».
Los riesgos digitales más críticos para adolescentes —desde el ciberacoso hasta la manipulación algorítmica y la desinformación— confirman que la alfabetización digital sigue siendo insuficiente en la mayoría de los sistemas educativos. Algunos datos recientes lo demuestran:
En este contexto, Halpern enfatiza que las aproximaciones actuales no son suficientes y que el problema principal es su carácter reactivo y fragmentado.
«Hoy vemos que la alfabetización mediática sigue siendo fragmentaria y reactiva».
Halpern parte señalando que las aproximaciones actuales en torno a la formación digital no son suficientes, pues dependen de coyunturas específicas y carecen de continuidad.
«Se habla de ciberacoso solo cuando hay un caso mediático, o de desinformación cuando aparece una noticia falsa viral. Lo que falta es un enfoque estructurado, sostenido en el tiempo, que enseñe a los adolescentes a evaluar fuentes, a comprender cómo operan los algoritmos y a identificar sus propios sesgos cognitivos».
En este punto, el académico subraya que no basta con respuestas reactivas: se necesita una estrategia pedagógica que entregue herramientas permanentes para navegar en entornos digitales complejos.
«En EducomLab hemos visto que, cuando estos temas se trabajan de manera sistemática, los jóvenes se sienten más empoderados y menos vulnerables frente a los riesgos digitales».
La conclusión apunta a la experiencia práctica de su centro, mostrando que una alfabetización sostenida genera seguridad y autonomía en los adolescentes frente a los desafíos del mundo online.
La incorporación de la ciudadanía digital en el currículo escolar aparece como un paso inevitable en la formación de las nuevas generaciones.
Halpern sostiene que no basta con alertar sobre los riesgos, sino que se deben entregar herramientas prácticas y reglas digitales claras para que los jóvenes se desarrollen como ciudadanos digitales responsables y activos.
«El paso indispensable es incorporar la ciudadanía digital como un eje transversal en el currículo escolar, al mismo nivel que la educación cívica o la formación socioemocional».
Halpern abre este punto destacando la necesidad de otorgar a la ciudadanía digital la misma relevancia que a otras áreas formativas fundamentales en el desarrollo de los estudiantes.
«Esto implica no solo añadir contenidos, sino formar a los docentes en estas competencias, darles herramientas para trabajar con casos reales y fomentar proyectos que vinculen a los estudiantes con su comunidad digital».
De esta manera, enfatiza que no se trata únicamente de sumar materias al currículo, sino de dotar a los profesores de recursos prácticos que conecten la teoría con la experiencia directa en el entorno digital.
«Preparar a los jóvenes no significa solo advertir sobre riesgos, sino también mostrarles las oportunidades de participación, creación y colaboración que ofrece el mundo online. Una política educativa en este sentido debe mirar el futuro con realismo, pero también con esperanza».
El cierre proyecta una visión equilibrada: formar ciudadanos digitales capaces de enfrentar los riesgos, pero también de aprovechar el potencial creativo y colaborativo que ofrece el ecosistema tecnológico.
La entrevista con Daniel Halpern deja en evidencia que el desafío no está solo en limitar pantallas, sino en construir reglas digitales y un modelo de comunicación familiar y escolar que prepare a los jóvenes frente a algoritmos, redes y noticias falsas. La ciudadanía digital requiere tanto acuerdos en casa como políticas educativas sostenidas que formen nativos tecnológicos críticos y responsables.