Hay una crisis bien silenciosa recorriendo los pasillos de los grandes fabricantes de smartphones chinos, y no tiene que ver con ventas globales ni con la guerra de aranceles. Tiene que ver con una pregunta mucho más incómoda: ¿para qué sirve el Ultra?
Según información filtrada por el analista chino Ice Universe, al menos una marca de dicho país —y posiblemente más de una— estaría considerando pausar el desarrollo de sus próximos modelos Ultra de siguiente generación. La razón oficial, como siempre, apunta a los costes. La razón real es más estructural y, en cierta forma, más reveladora de cómo funciona el mercado premium chino que cualquier cifra de ventas trimestrales.
El Ultra nunca fue el buque insignia real
Para entender el problema, hay que desmontar primero un malentendido muy extendido fuera de China. En el ecosistema de smartphones chino, el verdadero flagship de masas no es el Ultra. Nunca lo fue. Los modelos numerados —el S ordinario, el Pro— son los que mueven el mercado, los que combinan cámara, rendimiento, batería y gestión térmica en una propuesta de precio razonable. Son justamente esos los que hacen ganar dinero a las marcas mientras mantienen su posición competitiva.
El Ultra, en cambio, fue siempre otra cosa: una demostración de capacidades. Un ejercicio de ingeniería cuyo objetivo no es vender millones de unidades sino comunicar capacidad técnica. Su propuesta es acumular sensores, ópticas y algoritmos hasta el límite de lo posible, persiguiendo obsesivamente la calidad fotográfica por encima de cualquier otro parámetro. La batería, el peso, el calor generado son variables secundarias. El Ultra nunca buscó el equilibrio; buscaba impresionar.
Esa filosofía funciona perfectamente cuando los costes son estables. El problema es que los costes no lo son.
La trampa del alza de precios de memoria
Con los precios de la memoria NAND y DRAM en niveles estratosféricos, el modelo Ultra entra en una contradicción irresoluble. Si la casi totalidad del presupuesto de hardware ya va destinada al sistema de cámaras —sensores grandes, sensores periscopio y procesamiento de imagen por hardware—, cualquier presión adicional en la cadena de suministro no tiene dónde absorberse.
Lo más tedioso es que no puedes recortar en la cámara: eso sería contradecir la razón de ser del producto. Recortas en batería o en materiales y dejas de ser un Ultra. El dilema, entonces, se transdforma en uno perfectamente circular.
La única salida que queda sobre la mesa es subir el precio de venta al público. Y ahí es donde aparece el segundo muro: a partir de los 10.000 yuanes —algo más de 1.500 dólares al cambio actual—, el mercado chino tiene un techo. Samsung lleva años intentando vender sus Galaxy Ultra a ese precio en China y los resultados han sido consistentemente decepcionantes.

Los consumidores chinos tienen muy claro qué están dispuestos a pagar por un Android premium, y ese umbral no sube simplemente porque el fabricante lo necesite. Un alto costo más precio elevado más volumen bajo es una ecuación que termina, en el mejor de los casos, en márgenes mínimos. En el peor, en pérdidas directas por unidad vendida.
Esto es justamente lo que pasó con el Galaxy Z TriFold de Samsung. La marca lanzó este dispositivo como una demostración técnica más que para las masas. El margen de ganancia era tremendamente bajo, y una vez salieron a la venta las primeras y pocas unidades, decidieron descontinuarlo.
No es un producto pensado en las masas, y con un margen de ganancia demasiado corto, entonces la ecuación termina en que es mejor dejar de fabricarlo si vas a empezar a perder dinero eventualmente.
Sobre todo en el clima actual del mercado, donde Samsung fabrica memorias RAM, pero como la división móvil de la marca es otra completamente aparte, no se venden componentes de una división a otra a menor precio. Eso, ni pensarlo.
Pausar no es rendirse
La posible decisión de pausar el desarrollo Ultra no es, como podría interpretarse superficialmente, una señal de debilidad tecnológica. Es una decisión defensiva, pero perfectamente racional. Produce pérdidas, concentra recursos en un segmento de nicho y no aporta retorno proporcional al esfuerzo de ingeniería invertido. Mantener el Ultra en catálogo cuando la aritmética no cuadra es fabricar un dispositivo cuya función principal es existir como referencia de marca, no generar beneficio.
Lo más interesante de este movimiento es lo que revela sobre el futuro cercano del segmento. Si las marcas pausan el Ultra, no significa que abandonen la fotografía computacional ni la carrera a pulso de usar los mejores sensores: significaría solamente reducir esa inversión hacia los modelos Pro, que sí tienen volumen, sí tienen margen y sí permiten escalar innovación de forma sostenible.
El resultado probable, para mí, es una convergencia: los Pro de 2027 harán lo que los Ultra de 2025 prometían, pero a un precio que el mercado puede digerir. El Ultra chino no enfrentaría su muerte. Se transformará, o esperará. Y en un sector donde el ciclo de producto dura doce meses, a veces la decisión más inteligente es no sacar nada antes de sacar algo que no puedes permitirte vender bien.

¿Y qué tiene que ver, y qué hizo Apple?
La industria tecnológica atraviesa una escasez global de memoria DRAM, impulsada en parte por la voracidad de los centros de datos de inteligencia artificial, y Apple ha decidido moverse antes de que el problema le explote en la cara.
Según distintos reportes del sector, la compañía estaría adquiriendo grandes cantidades de memoria móvil pagando precios muy superiores a los habituales, con el objetivo de blindar el suministro necesario para fabricar el iPhone 18 sin interrupciones. No es un capricho: un problema de stock en su modelo estrella anual sería un desastre comercial de primer orden, y Apple lo sabe perfectamente.
El contexto hace que el movimiento sea aún más urgente. El iPhone 18 llegará con 12 GB de RAM en toda la gama —incluyendo el modelo base, que históricamente se conformaba con menos— en parte porque Samsung, su principal proveedor, ha dejado de fabricar los módulos LPDDR5X en configuraciones inferiores.
El problema es que esos módulos de 12 GB llegaron a costar hasta 70 dólares la unidad, frente a los 30 dólares anteriores, lo que representa un sobrecoste del 230% que presiona directamente los márgenes de fabricación. Apple, además, no logró cerrar su habitual acuerdo de suministro de un año y solo tiene garantizado el acceso a componentes para el primer semestre de 2026, lo que convierte el acaparamiento preventivo en una necesidad estratégica.
La ventaja de Apple en este escenario es brutal y simple: el dinero. Con una capacidad financiera que ningún rival Android puede igualar, la compañía puede absorber el sobrecoste de los componentes sin trasladarlo necesariamente al precio final del iPhone 18, mientras otros fabricantes se ven forzados a elegir entre subir precios, recortar especificaciones o retrasar lanzamientos.
El caso más llamativo es Valve, que directamente pausó la producción de la Steam Deck por el encarecimiento de la RAM. Apple, en cambio, usa su musculatura económica no solo para sobrevivir a la crisis, sino para salir de ella en mejor posición que sus competidores.
Como consumidor, yo no quiero que llegue el fin de os teléfonos Ultra. Pero si llegara a suceder una pausa, ya entiendo por qué pasó.

